Prólogo.
La
noche se agitaba fuerte. El viento chocaba cortante contra las
ventanas heladas de el sexto piso de un edificio cualquiera, pero
nadie lo escuchaba. El aire se introducía por el cristal entornado
de la terraza enfriando todo a su alrededor y volando los papeles que
no habían sido guardados. La cortina bailaba con aire masoquista en
mitad del salón, donde nadie la veía.
La
comida sobre la mesa no había sido llevada a la cocina. Los platos
fríos y sucios reposaban tranquilos encima del mantel canela,
ensuciado con el paso de los días, un solo vaso había sido
derramado encima de él, convirtiéndolo en un trozo de tela mojado y
congelado, pero daba igual. Nadie se iba a molestar en limpiarlo, y
menos aquella noche.
Después
de varias días con aquella casa en un silencio inhumano, el sonido de una llaves
inundó las paredes. Después las luces se encendieron.
Sin
ocultar sus pasos en el silencio y sin importarle que hubiese o no
hubiese nadie en aquella casa, aquella persona entró con aire
posesivo a observar aquellas paredes sucias, por última vez.
Se
acercó al comedor, donde alguien anteriormente había compartido un
plato de sopa con algún individuo en perfecta armonía.
Intentó
recordar el momento, pero su mente le dolía demasiado para pensar
siquiera en cualquier cosa que tuviese verdadero sentido. Ni siquiera
sabía realmente por qué había vuelto a ese lugar. ¿Añoranza o
deseo de contemplación? No sabía que le había obligado a revivir
aquellos momentos, pero recordó como anteriormente, hacía mucho
tiempo, aquello había sido su hogar.
No
quitó los platos de la mesa, no se sentó en el sofá todavía
ocupado por una manta roja desdoblada y puesta sin miramientos encima
de los cojines. No apagó la televisión que llevaba días encendida,
solo ojeó la vista hacia el canal que había estado sintonizando día
si y noche también.
Había
pasado tanto tiempo para ella y tan poco para la realidad que casi
dolía ver todo aquello de nuevo.
No
lloró, aunque sus ojos invocaban las lagrimas de manera grotesca y
tenaz. Parpadeó aclarándose la vista y se deslizó hacia su
habitación.
La
recordaba tal y como la había dejado, la cama deshecha con dos
almohadas dispersas sobre el colchón. Papeles de la mesa revueltos
sin ningún miramiento, libros y libros tirados por el suelo...
Cerró
los ojos, intentando convencerse a si misma que volvía a estar en
casa, que su madre la llamaría para ir a cenar y la regañaría por
haber faltado últimamente a clase, quizás le pegase un tortazo en
la cara que calentase su fría expresión. Quería que sus problemas
abandonasen su cuerpo y sentirse como antes. Añoraba su vida pasada,
pero no había vuelta atrás. Había jugado a ese juego demasiadas
veces y tenía que aceptar las consecuencias. Ella era la
consecuencia.
Se
tumbó en la cama tapándose con las sabanas mientras bostezaba y temblaba,
ya no había nadie que le acurrucase la almohada en una noche de verdadero frío. no había nadie que la sujetase cuando se deslizase hacia el precipicio. Tan solo ella. Cerró los ojos con toda la fuerza que sus músculos destrozados le permitían se quitó de la cabeza todos los pensamientos que la golpeaban como
un martillo golpea una pared. Un solo pensamiento rondó por su cabeza, aquella era su cama, y
que al menos por una noche, volvía a ser Emma Smith, y no una
viajera.
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