lunes, 15 de octubre de 2012

Prólogo.

Prólogo.
La noche se agitaba fuerte. El viento chocaba cortante contra las ventanas heladas de el sexto piso de un edificio cualquiera, pero nadie lo escuchaba. El aire se introducía por el cristal entornado de la terraza enfriando todo a su alrededor y volando los papeles que no habían sido guardados. La cortina bailaba con aire masoquista en mitad del salón, donde nadie la veía.
La comida sobre la mesa no había sido llevada a la cocina. Los platos fríos y sucios reposaban tranquilos encima del mantel canela, ensuciado con el paso de los días, un solo vaso había sido derramado encima de él, convirtiéndolo en un trozo de tela mojado y congelado, pero daba igual. Nadie se iba a molestar en limpiarlo, y menos aquella noche.
Después de varias días con aquella casa en un silencio inhumano, el sonido de una llaves inundó las paredes. Después las luces se encendieron.
Sin ocultar sus pasos en el silencio y sin importarle que hubiese o no hubiese nadie en aquella casa, aquella persona entró con aire posesivo a observar aquellas paredes sucias, por última vez.
Se acercó al comedor, donde alguien anteriormente había compartido un plato de sopa con algún individuo en perfecta armonía.
Intentó recordar el momento, pero su mente le dolía demasiado para pensar siquiera en cualquier cosa que tuviese verdadero sentido. Ni siquiera sabía realmente por qué había vuelto a ese lugar. ¿Añoranza o deseo de contemplación? No sabía que le había obligado a revivir aquellos momentos, pero recordó como anteriormente, hacía mucho tiempo, aquello había sido su hogar.
No quitó los platos de la mesa, no se sentó en el sofá todavía ocupado por una manta roja desdoblada y puesta sin miramientos encima de los cojines. No apagó la televisión que llevaba días encendida, solo ojeó la vista hacia el canal que había estado sintonizando día si y noche también.
Había pasado tanto tiempo para ella y tan poco para la realidad que casi dolía ver todo aquello de nuevo.
No lloró, aunque sus ojos invocaban las lagrimas de manera grotesca y tenaz. Parpadeó aclarándose la vista y se deslizó hacia su habitación.
La recordaba tal y como la había dejado, la cama deshecha con dos almohadas dispersas sobre el colchón. Papeles de la mesa revueltos sin ningún miramiento, libros y libros tirados por el suelo...
Cerró los ojos, intentando convencerse a si misma que volvía a estar en casa, que su madre la llamaría para ir a cenar y la regañaría por haber faltado últimamente a clase, quizás le pegase un tortazo en la cara que calentase su fría expresión. Quería que sus problemas abandonasen su cuerpo y sentirse como antes. Añoraba su vida pasada, pero no había vuelta atrás. Había jugado a ese juego demasiadas veces y tenía que aceptar las consecuencias. Ella era la consecuencia.
Se tumbó en la cama tapándose con las sabanas mientras bostezaba y temblaba, ya no había nadie que le acurrucase la almohada en una noche de verdadero frío. no había nadie que la sujetase cuando se deslizase hacia el precipicio. Tan solo ella. Cerró los ojos con toda la fuerza que sus músculos destrozados le permitían se quitó de la cabeza todos los pensamientos que la golpeaban como un martillo golpea una pared. Un solo pensamiento rondó por su cabeza, aquella era su cama, y que al menos por una noche, volvía a ser Emma Smith, y no una viajera.

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